12 MESES 12 PRINCIPIOS : PERSPECTIVA PRINCIPIO 9 - Fundación Viguelut
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12 MESES 12 PRINCIPIOS : PERSPECTIVA PRINCIPIO 9

12 MESES 12 PRINCIPIOS : PERSPECTIVA PRINCIPIO 9

La percepción es una facultad mental que consiste en recibir, interpretar y comprender las señales que provienen desde el exterior, las cuales son percibidas de forma diferente por cada persona, por lo que, lo que uno ve de una forma, otro lo puede ver de otra totalmente diferente. Así, la perspectiva puede ser definida como el punto de vista de una persona en relación con una situación específica.

A menudo permitimos que nuestras percepciones se formen según lo que percibimos a través de nuestros sentidos físicos. Y, si todos permitiéramos que únicamente lo que vemos y lo que ocurre a nuestro alrededor moldeara nuestra percepción, viviríamos en un mundo muy limitado, a pesar de ser eso lo que la mayoría de personas hace: sus sentidos recogen información externa; esa información es analizada y comparada con una base de datos -creada desde que la persona nació y que almacena- con toda la información que conoce, hábitos y experiencias vividas. Si la información que le llega no tiene sentido al compararla con lo que conoce, esa idea es rechazada, y piensa: “no es posible, no lo entiendo o no lo creo”. Si le presentan una idea que no coincide con lo que cree que es verdad, la rechaza, porque no es acorde a sus creencias. Pero ¿de dónde provienen esas creencias?, y ¿por qué piensa una persona tal como piensa?.

Sabemos que, desde el momento en que nacemos, nuestro cerebro empieza a recibir y captar información, principalmente de nuestros padres. A medida que vamos creciendo, aparecen más personas, como mentores, maestros y amigos, de quienes recibimos influencia. Vamos creciendo, y descubrimos que no todo lo que hemos aprendido de ellos es lo únicamente verdadero, sino que la realidad es bastante más amplia, más rica y nuestras ideas actuales (que no son realmente nuestras) son paradigmas que en gran parte deseamos cambiar.

La percepción tiene el poder de moldear y dar forma a toda nuestra existencia, a nuestra realidad. La forma en que vemos y percibimos el mundo es el resultado de creencias que hemos establecido en algún momento en el pasado, que parten de: el lugar en que nacemos, nuestro idioma, nuestra religión, la infancia que tuvimos, las enseñanzas que nos dieron, la forma de pensar de nuestros padres y de las personas que tenemos a nuestro alrededor. Todo ello configura nuestra “perspectiva”. Y tener una perspectiva abierta nos permite ver múltiples posibilidades ante una situación: uno puede ver un problema donde otro ve una oportunidad.

Cómo percibimos una situación, independientemente de en qué consista ésta o en qué área de la vida se encuentre, tiene un impacto directo en los resultados futuros: el pasado determina el presente y el presente, el futuro. Lo que experimentamos en cualquier caso -seamos conscientes o no de ello- es el resultado de las percepciones que tenemos, de nuestra “lente personal”. Si nuestras creencias son limitadas, si se basan en algo que no es real, la percepción que tendremos también será limitada. Y los resultados que experimentemos serán acordes a lo que creemos real.

Todos tenemos la elección en un determinado punto de nuestras vidas, de observar quiénes hemos estado condicionados a ser y quiénes somos realmente, por duro que sea transitar ese camino, que implica transformarse, ser resilientes. Se trata de observarnos, observar el mundo, para percibir la realidad de una forma más real, generando perspectivas más amplias, más creativas e intuitivas. El objetivo es aumentar la percepción: ser más conscientes de cómo vemos, no solo de lo que vemos. Uno no solo tiene la capacidad de percibir el mundo, sino también la capacidad de alterar la percepción que tiene de él. Ya sabemos por la física cuántica que atención es creación; donde pones tu atención, pones tu energía, y la energía sigue al pensamiento. Un cambio en nuestra percepción e interpretación de la realidad nos permite romper viejos hábitos y creencias y despertar nuevas posibilidades de equilibrio, sanación y transformación. A mayor conciencia, mayor perspectiva: ya no vemos lo que somos, sino lo que podemos ser.

Nuestra realidad depende, además y sobre todo, de qué tipo de personas seamos, de si somos o no buenas personas. Muchos conocemos seguramente la leyenda cherokee de los dos lobos que viven en nuestro interior. Un abuelo explica a su nieto que en su interior, al igual que en el corazón de todos los hombres, se desata cada día una batalla entre dos lobos, uno oscuro y otro luminoso. Esa dualidad entre el bien y el mal y cómo la gestionemos define en gran parte lo que somos y cómo nos percibimos a nosotros, a los demás y al mundo.

Por otra parte, sabemos que el estrés es el responsable del 90% de las enfermedades. Se trata de no vivir en la preocupación, confiar en el proceso: si algo no funciona en nuestra vida, podemos decidir pensar que está bien, que es perfecto, y que al final encontraremos una solución. No debemos dejarnos sabotear por nuestros pensamientos negativos, que acostumbran a surgir de nuestra mente subconsciente. Tenemos dos mentes: una mente consciente, creativa, y la mente subconsciente, que no es creativa y que va repitiendo programas. La mayoría de la gente cree que opera en su vida en base a la mente consciente, pero en realidad el 95% de su vida proviene de programas subconscientes que aprendieron durante los siete primeros años de vida.

Meditar, cultivar emociones elevadas, como la alegría o el amor, afecta a nuestras células y a nuestra esperanza de vida en modo positivo. Del mismo modo que el estrés o la mala alimentación reducen la esperanza de vida, la gratitud, la actitud positiva, sentirse útil, la alargan, como se ha demostrado investigando acerca de los telómeros. Está en nosotros decidir qué tipo de vida queremos vivir. ¿De qué depende entonces que lo hagamos o no?. La definición de la neurociencia respecto a la mente es que es el cerebro en acción. Tenemos cien mil millones de neuronas que pueden dispararse en distintas secuencias, distintos patrones, distintas combinaciones, y ésas producen diferentes niveles de mente. Se puede usar palabra “consciencia” para explicar “mente”, en ese sentido. La consciencia es esa esencia inmaterial, esa energía, que está animando al cerebro. Cuando la consciencia se mueve a través del cerebro, produce mente. De modo que el cerebro es solo un órgano anatómico y la ciencia dice que uno puede recablear su cerebro, cambiar su función. Pero ¿quién está haciendo el cambio del cerebro y de la mente? La consciencia.

La consciencia tiene dos elementos: es darse cuenta, y darse cuenta es prestar atención. Y hay un nivel de darse cuenta por libre elección, cuando nuestra consciencia se vuelve hacia adentro, y comienza a interactuar con esa Consciencia mayor con la que no se puede interactuar como personalidad. El hecho de dejar de poner atención al “pequeño yo”, nos lleva a un estado de consciencia pura y, de pronto, el cerebro empieza a regresar al orden, porque el operador se ha ido, y empezamos a recibir ese tipo de sincronización llamada coherencia. Se trata de ir más allá del “yo” y de nuestros pensamientos sobre el pasado y el futuro, y encontrar el momento presente. Una vez desarrollamos la habilidad de estar presentes, allí donde colocamos nuestra atención, colocamos nuestra energía. Si practicamos estar presentes cada día, observarnos, ser más conscientes y mostrar coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos, de forma sostenida a lo largo del tiempo, tendremos capacidad para regular nuestros estados y saber cuándo estamos en ese punto y cuándo no. La idea es llevar al cerebro y al cuerpo a un nuevo estado del ser, para luego ser capaces de mantener ese estado durante todo el día, con independencia de las condiciones de nuestro entorno, de las emociones poco armónicas o hábitos del cuerpo, y acabar trascendiéndolos. “Si la conciencia es muy elevada, activa el corazón y luego las partes más evolucionadas del cerebro. Las decisiones son entonces luminosas, inteligentes, benéficas, para uno y para los demás. Si la conciencia es más estrecha, utiliza otras partes del cerebro (el cerebro límbico, por ejemplo, que reacciona de manera automática en función de experiencias pasadas). Las decisiones son entonces mucho menos apropiadas, una fuente de dificultades para uno mismo y para los demás. No está ni bien ni mal. Es cómo estamos construidos. Pero este nivel de conciencia inferior, el que solo utiliza ciertas partes primarias del cerebro, es el que genera el mundo que tenemos hoy. El corazón físico sería el instrumento que permite a la conciencia espiritual, es decir a los valores más altos del corazón y del espíritu, expresarse a través de la persona.” Annie Marquier

Toda persona consciente ha hecho algo grande en su vida; muchos han transformado el mundo. Y cuando ese ser hace algo grande, tiene una visión, y esa visión le inspira emocionalmente. Cuando combina esa intención con la emoción, le está dando a su cuerpo una muestra emocional del futuro. Y entonces comienza a tener conductas para dominar las intenciones: tomará nota de las opciones que elegirá, las cosas que hará, las experiencias que quiere de verdad, y se dará cuenta también de las opciones que no va a elegir, las cosas que no va a tener, las conductas que va a evitar, las experiencias que no le hacen crecer y las emociones que le retrotraen al pasado. Y en ese proceso, cada día entrará en un estado meditativo, deteniéndose por un momento, volviéndose consciente en el momento presente. De pronto llegará a un punto en que sabrá qué va a suceder y, cuando uno sabe qué va a suceder, se calma y puede crear la realidad que quiera.

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